Esta vez no voy a permitir que nadie se burle de la maestría de Dios, porque obró con una ironía magnífica. De esta inmensa y vasta ciudad de libros, hizo dueños a unos ojos sin luz que, ahora, solo pueden leer los insensatos párrafos de las bibliotecas de los sueños. Inútilmente el día regala sus libros infinitos que, al fin y al cabo, terminan siendo tan o más complicados que los manuscritos perdidos de Alejandría.
Cuenta una historia griega que un rey fallece de hambre y sed entre jardines y fuentes; yo mientras tanto recorro perdido las inmensidades de esta profunda biblioteca ciega. Muchas son las maravillas que brindan los muros, pero en vano...
Poco a poco, exploro las sombras vacías con este báculo indeciso, justo yo que imaginaba el Paraíso en una biblioteca. Estas cosas se rigen por algo que no me atrevería a llamar azar; otro probablemente haya también recibido en días olvidados, muchas sombras y libros. A veces, mientras vacilo entre interminables galerías, suelo sentir con profunda desesperación, que soy el otro, que también murió en los mismos pasos. Quisiera saber quién escribe esta historia, de muchos tantos y uno solo. Ya no me importa, porque el crimen es uno y único.
Yo o él, despido a este mundo que pierde vida en una penumbra gris, dejándome tan solo el sueño y el recuerdo.
(Adaptación de "El poema de los dones" de Jorge Luis Borges)
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Jamás imaginé que llegaría a odiar tanto el dentista.
lunes 7 de abril de 2008
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